¿Cuando se te hace más difícil, por la mañana, por la tarde o por la noche?
Aquí tienes la respuesta:
Lo peor del día es cuando empieza atardecer y se encienden las luces de las farolas anunciando la noche. Noche tras noche, oscuridad tras oscuridad, me encierro en mi misma y empiezo a pensar...
Y empiezan a invadirme las dudas y a acecharme las malas sensaciones.
Posiblemente creas que soy inexpresiva, orgullosa y de dura roca, y sí, posiblemente lo sea, pero ni me avergüenzo por ello, ni lo considero un fallo. Está claro que todo en exceso es malo, eso no lo niego, pero cuando has pasado tanto, cuando esa roca a recibido tantas mareas agitadas y tantos fuertes golpes de enfadadas olas, te erosionas, esas olas poco a poco te destruyen, te convierten en polvo, y no soy yo la que lo diga con mi triste metáfora, es la propia naturaleza la que me lo demuestra, o te mueves o te destruye.
Ese orgullo a conseguido que tomara decisiones que no hubiera tomado en mi vida, a servido para que plantara cara a gente que me estaba destruyendo poco a poco, y pudrían mi interior comiéndose lo mejor de mi: mi libertad.
Pero soy persona, y tengo sentimientos, claro que sí, y me considero una persona que da lo mejor de si en todo momento, la cual comparte lo poco tiene y siempre saca su mejor sonrisa, pero solo yo sé como estoy por dentro. Digamos que he creado una técnica para ocultar las malas sensaciones, la vida es muy corta como para estar mal y como para transmitir ese malestar a los demás. No se trata de guardar o esconder ese dolor, pero al final la única persona que puede eliminarlo de su vida eres tu mismo. Otra vez, la naturaleza nos enseña que nacemos y morimos solos, y en ese corto trayecto o te perdonas y disfrutas o cuando llegué tu ultimo día lo único que harás es reprocharte cosas y pensar porque fueron así y no de otra manera.
Yo, noche tras noche, recuerdo como fue mi día, y me perdono por esos sentimientos de culpabilidad, porque no se trata de juzgar, de catalogar, de decir esto está bien o mal, vivimos como podemos, como nos enseñan y no se puede hacer más.
Noche tras noche, le recuerdo, siempre me acuerdo de él, pero poco a poco ya no me duele su imagen en mi cabeza, poco a poco puedo hablar de él sin que se me corte la voz, y puedo mirar feliz todas sus cosas, porque fui feliz y no me arrepiento de nada, di lo mejor de mi, le entregué una parte de mi mundo, y me abrí como nunca lo hice con nadie, así que por ello no cabe sitio al dolor, ni a las lágrimas.
Pero hasta que llega ese auto perdono, las noches se me hacen interminables...
mira distraída la luna, las estrellas, como marchan veloces las nubes por el cielo, y me paso así eternas horas, hasta que me calmo y olvido todo lo malo, e incluso a veces hasta que empiezan a salir los primeros rallos de sol. Pero a la mañana siguiente no me cuesta levantarme, nunca lo hago de mal humor o con los ánimos por el suelo, me espera un nuevo día, en el cual viviré miles de cosas, oleré la pestilencia del aguarrás en clase de técnicas, saboreare mi típico yogur a la hora del patio, me reiré con las caras de mi compañera pecosa, llegaré sudada y cansada a la hora de comer, pero charlaré animada con mi madre y compartiremos un rato más juntas, me pasaré la tarde abrazando a mi hermana pues es en sus abrazos donde encuentro el único alivio para este veneno, y llegara la noche otra vez...
Y volveremos a lo de siempre, y así día tras día, hasta que me perdone por completo y sea capaz de mirarte a los ojos sin sentir nada, ni siquiera dolor.